Pedagogía del corazón en tiempos de pandemia
Cuando todo esto empezó, hace ya 38 días, nadie sabíamos qué nos esperaba al día siguiente. El 11 de marzo (parece que es una fecha que nos persigue en Madrid) se ordenó cerrar los colegios en nuestra comunidad y desde ahí todo comenzó a precipitarse. Primero, sentimos sorpresa e incredulidad por lo que estaba pasando, y poco a poco nos fue invadiendo la sensación de estar viviendo una de esas distopías que tanto gustan a los adolescentes. Empezaron a surgir los que decidieron comenzar sus diarios de cuarentena, sus cuadernos de pensamientos, ... Yo, no sé muy bien porqué, decidí no escribir sobre ello. No sé si porque quería negarme a mí misma lo que pasaba, o no dejar huella de ello en mi vida, qué absurdo, como si fuera posible.
Había muchas cosas que me daban miedo en presente, como perder a algún ser querido, y poco a poco el miedo presente dió paso al miedo futuro, miedo a no poder recuperar nuestra vida como antes. Pero muchas otras cosas me daban seguridades: el aplauso de las 8, los mensajes en el chat familiar, el aperitivo virtual de los sábados, el contacto con la gente que casi no ves, el sonido hecho rito de la trompeta de mi vecino el rabino a la 1, ... No sé, pequeñas cosas que me daban tranquilidad, y me conectaban con lo mejor del ser humano, con la sensación de que todos estábamos juntos en esto, con la idea de que llegaría el fin.
Han pasado 38 días, y no me siento con muchas fuerzas para escribir algo coherente sobre cómo crecer en esto. Quizás lo más cerca que estaré de poder trasmitiros algo sobre educación en tiempos de pandemia sea la colaboración que hice con la Oficina de información de Bruselas de las Naciones Unidas. Espero que os guste.

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