Vacaciones escolares

Cuando llegan estos días de calor sofocante de finales de junio y primeros de julio, lo que más oímos los profesores es: ¡qué suerte, dos meses de vacaciones!. Y es muy cierto, es una suerte poder disfrutar de este tiempo para saborear otras cosas en la vida, para reponer fuerzas, para preparar el curso siguiente y para seguir formándonos porque queremos dar lo mejor a nuestros alumnos. Muchos profesores se ponen a la defensiva y argumentan lo agotador que es nuestro trabajo, la cantidad de tareas que conlleva en el día a día y son invisibles, las jornadas infinitas corrigiendo hasta la 1 de la mañana o contestando correos de familias, alumnos o profesores particulares. También todo esto es muy cierto. Pero yo hoy me quiero detener en lo que sucede antes de comenzar estas vacaciones envidiadas por tantos (aunque lo que es envidiable es el trabajo del día a día con niños y jóvenes o al menos así me lo parece casi todo el tiempo). Lo que quiero compartir es lo que ha sucedido en el curso para que al llegar a este momento yo me sienta inmensamente agradecida por lo vivido y me cueste no ruborizarme por el cariño y reconocimiento recibido.

Cuando uno comienza un nuevo curso como si de un libro en blanco se tratara, lo hace con todas las ganas del mundo y con muchísima ilusión. Ganas de ayudar, de aportar algo a tus alumnos y de hacer, como decía Santa Teresa de Calcuta, "que nadie llegue a ti sin que al irse se sienta un poco mejor y más feliz". Ese es mi principal objetivo cada curso, y si de paso consigo enseñarles algo de matemáticas, asombrarles con los descubrimientos y leyes físicas, o inculcarles la curiosidad por aprender algo nuevo, pues ya es lo más. Este curso lo comencé así. Era un año muy especial en el que volvía plenamente a mi tarea docente, recibiendo ilusionada a los nuevos alumnos con los que iba a pasar estos 10 meses. Muchos también estaban llenos de ilusión, con muchas ganas y dispuestos a llenar el curso de aprendizajes, pero otros no. Otros estaban como llegó a casa mi planta de Pascua. Os voy a contar su historia porque ilustra muy bien a esos alumnos que no sólo no tenían ganas de nada sino habían perdido mucha ilusión en nada que tuviera que ver con el aprendizaje y con los adultos. 

En nuestra casa es tradición comenzar el Adviento con una planta de Pascua a la que cuidamos todos los años hasta que pierde todas sus hojas, la mayoría de veces, al llegar la primavera. El encargado de comprarla es mi marido, y esta Navidad pasada, se le olvidó, y cuando fue a por una el 23 de diciembre ya, lo que quedaba era una planta con pocas hojas, le faltaban algunas ramas y tenía pinta de durar muy poco. Cuando yo le recriminé que la planta fuera así por culpa de haberlo dejado para el último minuto, él me dijo con un poco de sorna pero sabiendo que eran las palabras que necesitaba oír: "precisamente porque nadie la ha querido comprar por estar así, necesita una casa en la que la cuiden". Casi nada, aquello me hizo reflexionar. Y claro me propuse cuidarla como si de algo de mucho valor se tratara, como cuidamos de nuestros hijos, y muchos, de nuestros mayores; como deberíamos cuidar de nuestras parejas y de nuestros amigos. Y por supuesto como me gusta cuidar de mis alumnos, sobre todo de aquellos que más lo necesitan, que más dificultades de aprendizaje o de relación tienen, o de aquellos que en plena a adolescencia no saben querer a nadie, ni a sí mismos, y van por la vida haciéndose daño. Pues ahora en plena ola de calor de primeros de julio mi planta de Pascua está como la veis en la foto, llena de vida. Ojalá todos mis alumnos hayan salido en junio de mi lado estando mejor que cuando empezaron, llenos de vida y de ganas de seguir creciendo y seguir aprendiendo, y miren con otra actitud en sus ojos, las dificultades que se les presenten. Ojalá las vacaciones de los maestros sean envidiables porque todos hayamos transformado nuestro pequeño mundo, nuestras aulas para hacerlo un poco mejor y más feliz. ¡Felices vacaciones!

Comentarios

Entradas populares